Monjecito de escalada

La discusión giraba esa noche en torno al personaje de un viejo tango. Estaban los que decían que solo era puro verso. Pero yo me inclino a dar la razón a Lito, que las sabía todas. Además, nunca había intentado engrupirnos, que yo recuerde.

-Yo lo conocí bien- dijo. - Si él fue quien me puso Lito, porque decía que para Felipito era más adecuado enrocar la L y la P. -

- Siempre te caracterizó la humildá- dijo Carlitos y nos hizo soltar la caracajada-

-No, es verdad. Y ahora que los veo así... lo más característico del pelado, para el que mucho no lo junaba, claro, era su risa. Cuando se reía se sacudía como si lo empujaran con violencia, y los hombros subían y bajaban mientras los brazos se expandían en un gesto de estallido- Lito actuaba para nosotros cada una de sus palabras. -Se encorvaba un poco - continuó-, como arrastrado por la gracia, como si le pesara mucho y entrecerraba los ojos mientras se le llenaba la boca de risa, todo a un tiempo. Una cosa increíble viejo, un espectáculo-.

- Si no me cuesta creerle que se volvían pesados con sus gracias- dijo Anita desde el mostrador.

- Cierto, pero el peso de los chistes, es como el peso de la evidencia Anita. -dijo Atilio, que en otros tiempos supo ser abogado.

- A ver, presente su testimonio- le contestó alguien.

- Un chiste es alguna tontería, a veces filosa como un cuchillo, a veces cotidiana, como unas huellas. Pero todas estas cosas se vuelven evidencias cuando convencen a uno de la absoluta necesidad de una historia. Un chiste siempre nos convence más que diez discursos- decretó- y no hace falta que les recuerde lo que todo el mundo sabe, que en todo chiste se esconde algo de verdad.

-A mi no me convence tanto su teoría, y bien dice que los chistes esconden la verdá: que el mundo es una desgracia.- Así opinó en su rincón don Manuel, uno de los clientes más viejos del bar.

Nos quedamos en silencio un rato pensando. Después volvimos a nuestra conversación original.

-Eso es precisamente lo que me hace ruido.- dijo uno. - Entiendo su risa, pero ¿Cómo se explica eso de su tristeza? - y entonó:

-"Tu cabeza baja, Tu paso lento

monjecito en el viento de tarde invernal

oyes cantar el recuerdo

de una infancia que guarda

como un convento gris, tu soledad-

-Cierto -dije-, es cómo si hubieran mezclado dos tangos: uno bien melancólico con una oda alegre:

Risa desmedida, loco'e contento

borras todo tormento con solo llegar

despues quedas en silencio

y en tus hombros descansa

el noble manto gris, de la amistad

Lito nos miró a todos y sonrió. -Los entiendo muchachos. Yo siempre me pregunte porque el manto debía ser gris. Pienso que su presencia alegre, sus silencios pensativos y sus estallidos de risa, estaban tejidos por igual, con el gris de los pensamientos profundos, de las tristezas lejanas.

Con estas palabras de mi amigo caí yo en la cuenta. Estuve allí un rato más; después pagué y me fui meditando. Una imagen clara me vino a la mente: de la misma manera que nos desesperamos a veces por no encontrar los lentes que tenemos puestos, sucede que las heridas y la soledad exigen de nosotros tomar conciencia de lo que llevamos puesto. La lealtad, la amistad, el amor, son livianos como una capa, y es fácil no darse cuenta que los llevamos. Me propuse entonces empezar a tejer -igual que el personaje del tango- con mis propias heridas un manto que me abrigase cuando me sintiera oscuro, hasta que la luz y la risa estallen de nuevo con el amanecer.

3 comentarios:

Jeremias dijo...

Por una razon que no vale la pena explicarte, decido dividir mis comentarios, seran dos. Escribiria de mas en ese primero si agregase al Gracias algua otra cuestion. Gracias!

Jeremias dijo...

Me preguntaba hace unos dias,¿por qué es tan facil deprimirse?, podria mi conclucion ser otra forma tanguera para sumar al cuento, por eso mi intension de comentarlo. "Es que si me invadiera lentamente podría degustar cada segundo de la tristeza. Te reclamo Felicidad, la proxima vez, dame el prologo de la tristeza!". Y suelto otra vez la carcajada...

Pedro dijo...
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