UN DIA LEJANO

Un día lejano, en el oriente medio, un rey cercano a la literatura sapiencial semítica expresó este enigma maravilloso: "Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás".

Un pan. Puedo verlo volar con cierto orgullo, dorado por la luz solar sobre la superficie tenue de las aguas. Lo veo andar luego como un pequeño bote durante unos segundos, antes que completamente humedecido comience a boyar más como lo hace un iceberg. Entonces, imagino una fauna mínima presunta propia de tal o cual ecosistema, unos patos del estanque o unos peces del río, atacando sin piedad al pequeño iceberg de trigo. En seguida, no puedo sino pronosticarle un mal futuro a esos retazos y jirones del pequeño pan, cuando veo que se deshacen en mi imaginación, como los sueños que se mueren en el dorso de la mano que restriega los ojos al despertar. Puesto que la imaginación, los sueños y la muerte son elementos perfectamente asimilables en oriente, puede decirse que todo marcha con normalidad hasta este punto.

Pero luego me veo a mí mismo volviendo al borde de las aguas pasados muchos, digamos, cuarenta días, desde aquel momento de arrojo. Dirijo la mirada a las aguas y veo al sol dorando aquella antigua espiga muchas veces resucitada, emitiendo su postrer y más hermoso reflejo. Veo al pan entero después de muchos días y me parece irreal; mi sorpresa es enorme, como la de aquel átonito viajero parisino que recibía regularmente cartas póstumas de su madre. Sin embargo, lo he hallado, y es absolutamente real. ¡Es un milagro! Me maravillo y, entonces, no puedo dejar de preguntarme ¿Cómo pudo ocurrir?

He pensado dos posibles soluciones. Ante todo, conviene aclarar que no soy partidario de racionalizar estúpidamente aquello que no entendemos para sentirnos cómodos excluyendo la posibilidad de lo sobrenatural. En este caso, por tratarse de un enigma, la sentencia corresponde a lo que normalmente llamamos milagro, y una explicación nunca puede ser más importante que un milagro auténtico, ni restarle valor de modo alguno. Considerando entonces que debemos respetar el marco y las premisas que lo vuelven un milagro, expongo mis ideas.

En primer término, podría pensarse que aquel sabio conocía el poder de su afirmación maravillosa y estaba en realidad retando a la humanidad: Luego que alguien oyera su discurso y echara su pan, otro más lo haría, y otro más. De este modo, ocurríría que los primeros en arrojar su pan encontrarían uno equivalente luego de muchos días, durante los cuales otros tantos hubiesen seguido el consejo. Al ver cumplido el prodigio, lo harían otra vez, asumiendo esto como una costumbre. De ese modo permitirían completar el ciclo. Esta es una primera opción. El acento estaría en el carácter social del milagro, que habría sido efectuado por la respuesta a la predicación del sabio. Es de notar, sin embargo, que hay un defecto en la explicación: si alguien desea hallar algo que ha perdido, no es lo más probable que esté luego dispuesto a volver a perderlo. Debería también buscarse una explicación para ello.

Mi segunda posible explicación al enigma: Espero que a nadie pasara inadvertido el valor que poseen en el lenguaje cotidiano las palabras elegidas por el rey. Todos sabemos que el pan es el sustento. Y todos sabemos, aun cuando nunca nos hayamos embarcado, que las aguas son fundamentalmente inestables. Podríamos parafrasear el consejo entonces: ¡Hey!, ¡Echa tu sustento sobre una superficie inestable! O, lanza el mismo suelo donde pisas al abismo y la soga que sostiene tu vida ¡al precipicio!

Esta interpretación pondría el enigma en un nivel fascinante. ¡Entégate!, sal de tu comodidad, dalo todo, sé generoso, derrámate sin reservas: ese es el mensaje. No te quedes con nada, "porque después de muchos días lo hallarás"... Hallarás algo que sostenga tu vida: ¡Que lo has dado todo! El milagro sería, pues, el resultado de una acción desmesurada. La propia vida derramada es el pan que no se hunde, no se enmohece, no se deshace. La vida que nadie puede robar. La vida que nadie puede destruir. En tales circunstancias, volver a arrojar el pan después de hallado es, sencillamente, lo que cualquiera haría.

Ronda de los sueños verdes - reeditado

En la cuenca del Amazonas crecen sueños verdes. Entre nubes de vapor danzan y latosos se oyen sus húmedos aplausos y sus canciones salvajes. Hacen una ronda alrededor de los niños y absortos contemplan su juego.
La niña con nombre vegetal ha atrapado su trofeo, que muestra cautelosa entre sus pequeños dedos. Su hermano rápidamente arroja un piolín sobre el tórax duro del insecto. El moscardón inmóvil, aferrado por las alas atraviesa ante el maravillado público la más veloz metamorfósis.

Diana Atrapamoscas y Prunus su hermano, hiccieron de la mosquita un hermoso barrilete. Diana suelta las alas y Prunus sujeta el piolín.

El bicho se eleva en cámara lenta y ondea la cadenita; desesperado mueve las alas y muestra toda su dentadura, pero por dentro se ríe y disfruta del juego.

-¡Oooh! -, exclama la ronda; los niños sueñan con su nuevo juguete. Prunus se deja llevar, se eleva en aleteo furioso sobre la marea esmeralda.
Diana razona cuidadosamente: -Debemos darle un nombre: ¡Barridón!... o... Moscarlete.
Pinta luego un cartelón en el frente de una caja. Pone algo de fruta y un tacho con agua, por si el cielo inmenso cansa y quema mucho el sol, por si Prunus y su mosquita de fuego mirando hacia abajo quisieran volver porque extrañan la ronda verdeante, los aplausos, las canciones y los juegos nuevos.


DESCONCIERTO reeditado



Un músico con la boca abierta, una abeja en la boca, él tocando el piano.


Dos señoras en primera fila no reprimen un grito, redondean los ojos, emitiendo entre los dedos un clásico gemido.

Alguien se para en el fondo. El acomodador abre la puerta y se cuela la luz que el señor de traje gris percibe por el rabillo de un ojo, observa su reloj pulsera como por un reflejo y peina sus tres cabellos blancos con la otra mano.

El pianista pelea con la abeja, consigo mismo y con el piano. Su manaza abierta espasmódicamente golpea muchas teclas, que horriblemente golpean las cuerdas que reverberan en la sala, en la fina araña del centro de la cual repican y corriendo por la pared asaltan la puerta. Desde allí la luz se expande pareja, y algunos no se divierten. Ese señor se enoja, zapatea, protesta indignado. Bosteza la señora de al lado. Los zapatos de la niña que del respaldo de la butaca pende boca abajo saludan dulcemente al artista.

Pero hay un niño junto a ella y está correctamente sentado. Sus párpados quietos denuncian su estado, su abstracción, la certeza de un descubrimiento caro. Su cabeza un poco inclinada y en sus manos algo. Mueve entonces los labios y apenas balbuceando:

"Mi vocación es ésta: ser boleto y ser abeja, ser la araña tintineando. Ser destiempo y ser equívoco, ser la luz y las cuerdas de un piano".

Cuando lo puedas entender

Se yo, allí tu, sutil, la oyes
En la ventana. En tus propios pasos
Y en tu respirar pausado
Temes que sea ella
Porque nada te haría más feliz
En un cristal sobre el hogar
Te deslizas entre dunas rotas
Es más fácil viajar en círculo
Sobre unas manecillas inocentes
y sin memoria.
Pero no siempre es posible.
Es ella.
No me hablen de resucitar antes de tiempo

"¿Qué tienes conmigo mujer?
Aún no ha llegado mi hora"

Y en ella mueres, grano de arena
Cesa tu pulso y eres menos que las palabras
Mueres, nada.

Cuando no seas, volveremos a hablar de la vida.

Pequeña digresión

Estremece a cualquier espíritu sensible comprender que una opción que finalmene puede costar la vida, halle por toda explicación la mera incidencia de factores químicos. Desde luego, no me refiero a armas de destrucción masiva o alguna de esas extraordinarias fantasías modernísimas, sino a cosas más simples, como el sudor quizás.
Algo de coincidencia, incluso algún ordinario designio estelar, o climatológico, que vendría a ser lo mismo. Tampoco hago alusión aquí al calentamiento global, esa hipocresía de los países industrializados, el lujo que pronto no les quedará. Tal vez sólo al anuncio televisivo de una simpática mujer que con marcado acento extranjero continuará diciendo si el sábado por la mañana habrá que salir con paraguas o con sombrilla, si bien a nadie conozco que use sombrilla, y a muy pocos que usen paraguas.
Pero el asunto central se dirime realmente en el punto en que se despliegan como un mazo los caminos, y llega el momento de tomar una carta. Entonces se extiende con los ojos fijos en las cartas, y el tacto es el que decide, o debería decirse la intuición, es decir, el olfato.
Sería absolutamente apropiado decir entonces que le faltó tacto aquella mañana. Algo estorbó su paso, no se halló donde debía, aunque no por flojera o inconstancia, cosa tan común de ver.
Muy al contrario, cargaba más peso, esto es más responsabilidad, que el resto, sin duda.
Y fue por ello que, acaso luchando por mantenerse firme, sin descuidar nada ni echar a perder tanto esfuerzo, sin notarlo se perdió en minucias, no vio un mojón del camino, se distrajó y perdió el hilo conductor. Abandonó la caravana beduina, su montón de arrieros granadinos, se apartó de la noble carrera de los alazanes de Alstom por las pendientes que llevan a Lyon.
Se alejó por última vez y se metió bajó el haz potente de luz que atravezaba la lupa de Nico en el patio.

Tan respetable

Un banco es una cosa respetable

quién hable dirá perdon, permiso, por favor

¡Tan respetable, que a las cuatro ya se fue a dormir!

Sus empleados, cara de mártires,

abonan así su cuota de respetabilidad

¡Incomprensible que en este templo haya un guardia de seguridad!

La letanía sin vencimiento se eleva de la cola que es suplicio de los más jóvenes y los más viejos.

Sólo la interrumpe el eclesial organillo midi de un ringtone anticuado.

¡Para eso estaba el guardia de seguridad!

"Monedas no hay, eso no se cobra en los bancos,

Libro de quejas tampoco, el gerente no vino, hay uno acá a dos cuadras.

¡No grite! ¡No tiene permiso para volverse loco aquí! ¡Sólo los miércoles!"

Con días y horarios tan claros, con tan monótona pulcritud,

con antecedentes tan puritanos, ¿quién puede acusarles?

Me indignan los señores respetables que tiran la moneda sobre un hogar,

que consagran su vida a la usura, me llena de amargura cuando ellos juegan con los alimentos,

¡los de la humanidad!,

cuando los señores respetables dominan el mundo.

Y no señora, no me indigna a mí, aquel que hace su hogar

en un rincón de la calle, que no entrará jamás a un lugar tan respetable,

soy hermano de ese que alborota

por no saber como mostrarle a usted, señora, ¡que lo vuelven loco!

El síndrome W - Crónica de una autoexclusión

La ciencia médica pareciera poseer poderes magnéticos. No solo porque anualmente atrae grandes cantidades a sus filas, sino fundamentalmente por su capacidad para repeler a sujetos dueños de una personalidad atrayente. En otros tiempos, cuando el Gobierno sostenía una educación pública fuerte, era capaz de repeler a un joven tenaz con el impulso suficiente como para atravezar toda América en plan libertario.
Luego, la gran mayoría de médicos tenaces eyectados del ejercicio médico solo sintieron un impulso moderado, que los condujo a hacer respetables ridiculeces en televisión, negocios inlimpios con profanadores sirios, o bien al ejercicio de cargos públicos.
Uno de esos funcionarillos cuyo nombre no reproduciré, aunque sea de público conocimiento, por respeto a su familia y falta de experiencia en cualesquiera placeres morbosos, ha merecido la presente publicación con el sólo objeto de aclarar uno o dos misterios.

Hacia fines de la década primera de este siglo, su nombre se vió asociado a un plan de la Autónoma para hacer desaparecer los neuropsiquiátricos de la ciudad, con el objetivo de concretar grandes negocios inmobiliarios. Por ese tiempo, y aún a precio de su completo desprestigio, este médico defendió el proyecto públicamente. Mantuvo controversias frente a cámaras de televisión, en las cuales la magnífica labor de edición le garantizaba una victoria en cada emisión. Aún este mismo periódico publicó una nota en la que el médico declaraba algo nervioso al ser presionado por el entrevistador (* véase nota al pie del artículo):

"Más adelante habrá tiempo para pensar en dónde se atenderán las patologías de los locos (sic). Ahora nos urge la necesidad de desalojar estos monstruos medievales para cumplir con las recomendaciones de la Organización Inmobiliaria para la Salud (sic). Los medios quieren crear la sensación de que solo nos importa la gente pero le vamos a demostrar lo contrario (sic). Venimos trabajando junto a Mauricio en la construcción (sic) de la ciudad que queremos. Nuestro lema es 'Haciendo Buenos Aires' porque estamos convencidos de que antes de nosotros no hubo nada (sic) y si cuando nos vamos dejamos algo, esa ya es un milagro." (¡sic!)

Este nefasto personaje ha atraído nuevamente la atención de la prensa por haber sido nebulosamente vinculado a un episodio ocurrido el sábado próximo pasado.

Aproximadamente a medianoche, un joven se comunicó telefónicamente con la estación de bomberos informando que había visto por lo que en otro tiempo fuera el barrio de Palermo a un chimpance disfrazado de maestro corriendo , y saltando por lo árboles.

El simio no fue hallado. Si embargo, causó cierta alarma al día siguiente la publicación de una nota acerca de un robo extraño perpetrado aproximadamente a la misma hora. Una anciana del barrio de Boedo reportó haber visto al primate, afirmando además que el mismo le había sustraído una bolsa de cemento del patio de su casa.

Dos extraños sucesos más completaron esa noche el críptico capítulo de las publicaciones dominicales sembrando el desconcierto por doquier. Al cierre de las ediciones la policía informó, para maravilla de muchos, que aquel viejo y olvidado funcionario estaba detrás de estas malígnas señales. Eso es todo lo que se supo hasta hoy.

El martes por la tarde, en un enorme esfuerzo de investigación, logramos desde esta publicación dar con el paradero del sujeto. Entonces corrí a entrevistarlo; es decir, volé, pues tuve que trasladare a Comodoro Rivadavia.
Ahorraré al lector el relato de los dos primeros episodios por boca del protagonista. Bastará con el resto y con la previa aclaración de que el anciano médico padece del vulgarmente conocido como Síndrome Winchester. Se trata de una compleja patología alucinatoria en cuya etiología incide de manera decisiva la culpa acumulada debido a la prolongada exhibición de una falta de escrúpulos fuera de lo común. Se la conoce con ese nombre en memoria de Sara W., a quien enloquecieron los fantasmas de nativos americanos a los cuales su apellido había contribuido a exterminar.

El relato sin censuras:

"No se vaya. Se lo suplico. Prefiero estar con un periodista antes que con ellos. Yo... este... ¡ah! Luego del cemento discutí con ellos. Les expliqué que yo no sabía construir. Que a lo sumo podía firmar un proyecto pero los espíritus de esos locos no me dejaban en paz...¡malditos!
Prendí un cigarro, y entonces oí que alguien se reía y se juntó mucha gente alrededor. Los loc... ellos me obligaron a caminar imitando a un gorila, no, eso ya se lo conté, pero es que por mi aspecto y en la oscuridad de la noche, algunos me tomaron por un mono auténtico ¡Tontos! Pensaron que yo era auténtico... (un sólo sic). Y al verme fumar se rieron con ganas, y la mayoría eran turistas porque eran las tres de la mañana y estaba en Plaza Congreso. Me enojé enton..., me enojé con los lo... con ellos, - ¡Dejen de avergonzarme! grité y todos se callaron. Y cuando me paré y vieron mi cara, habrán pensado que era un pobre, porque se asustaron mucho y se fueron enseguida. Excepto por una pareja italiana que al verme exclamaron ¡Un mono que fuma y habla! Llamaron a Crónica y yo me apuré a desaparecer de ahí.
Desesperado, me dirigí a mi última esperanza. Fui a los pies del monumento a Juan de Garay. Supe que él comprendería. Había tenido menos escrúpulos que yo. Le rogué a grito pelado que atravesara con su espada a los... locos, ¡locos!,que me persiguen día y noche para hacer justicia sobre mí. No me respondía, pero yo oía sus voces, cada vez más perturbadoras.
Se congregó un cierto número de expectadores y comencé a pedirle a Don Juan que me matara a mí.
En eso estaba cuando llegó una ambulancia. En una noche había escapado de los bomberos, la policía y la televisión para caer en las garras de unos enfermeros, ¡maldita medicina! Esos me llevaron a un hospital unas horas e informaron que yo era un predicador callejero, un mendigo histérico que intentaba convertir a un monumento histórico.
Todavía siento las burlas de mis perseguidores, es desesperante.... Luego de robar, haber alterado el orden y actuado como un animal salvaje, me detuvieron unos médicos por considerarme demasiado religioso, y oirme hablar de confesiones y autosacrificio. Estoy avergonzado... No se cuanto tiempo pueda tolerar esto... Usted me entiende.."
El desdichado exfuncionario fue posteriormente trasladado a Cómodoro Rivadavia -dónde dio esta entrevista exclusiva- de acuerdo al sistema de exilio de personas con sufrimientos psíquicos que el mismo impusiera en la Autónoma.

* Al parecer, el periodista era un muchacho muy joven, y no comprendió la decisión del entonces editor de despedirlo debido a que "el empleo excesivo de SICS resulta grosero y exhibe un pésimo gusto".

La cola del perro

Si fuera posible retroceder en el tiempo volvería, sin pensar dos veces lo digo, volvería al momento en que me disponía a empezar estas líneas. Ese es el instante trascendental. Era importante empezar bien y entonces el resto fluye. Cuando se empieza mal, qué turbio se vuelve todo enseguida. Despés te deprimís antes de confesarlo. Antes de reconocer que ya habías comenzado mal. Y ahí ya no hay vuelta atrás. Rompés las pruebas de tu error si te es posible. Si el trabajo te lo encargaron, pensás:- ¡qué tonto fui!- y que no debiste aceptarlo y que si algún día cumplirás con las expectativas. Dependiendo del tiempo que te reste para cumplir con el trato y si has tenido un buen día o no, es posible que llores, que llores desconsoladamente. Pero si tenés esa suerte, al cabo de un rato se aliviará algo tu estado nervioso y te considerarás digno de una nueva oportunidad.
-No había dormido lo suficiente después de todo- pensás. -Me voy a echar una siesta, es todo-
Con el dorso de la mano secas tus lágrimas y con tus dedos presionando levemente tus lagrimales y la cabeza gacha dejás correr los segundos. Tragas saliva y tu respiración se normaliza lentamente.
Entonces vas a acostarte y tu sueño es superficial. Pero una clara sucesión de imágenes que va emergiendo te arrastra tomado de la cola del pequeño barrilete que una vez fabricaste con tu abuelo, llevandote a través de la amplia llanura con que tantas veces soñaste. Al entrar en el comedor de tu antigua casa tomas asiento sin soltar el barrilete. Le pedís jugo al gato con botas, que está en frente tuyo murmurando algo entre dientes. Pero al levantar éste la jarra para complacerte, se convierte repentinamente en ratón. El jugo se derrama y estropea al barrilete. Te reprochas nunca recordar bien esos cuentos de la infancia, armás cierto escándalo y juras no volver a poner un pie en esa oficina. Cruzás la calle sin mirar.
- Que miren ellos, que esperen ellos. Y si no, ¡que me pisen!; para qué gritan tanto si a fin de cuentas, voy a cruzar como quiera de todos modos- Tocan bocina. -El barrilete era nuevo- Un peatón en la esquina te mira extrañado. -Que se busquen a otro- .Vuelven a tocar bocina y te das vuelta enfurecido.
Pero solo se trata de tu abuelo que te llama sonriendo. Tiene un barrilete nuevo en las manos. Corrés a buscarlo.
Sentís que nunca habías sido tan feliz. Te acercás a tomarlo, pero tu abuela lanza un grito espantoso. Tu abuelo se ha convertido en ratón, y escabulléndose entre los autos se arroja perdiéndose en una alcantarilla.
En la oscuridad de la habitación iluminada leve e irregularmente por un velador, la luz similar al reflejo de un cristal de cinc resalta vacilante unos pocos colores, suficientes para despertar la imaginación, como en las fotografías de Aguiar, dándole al conjunto el aspecto fantasmagórico de los cielos tormentosos, y allí resuena como un trueno tu exclamación de horror. Automáticamente, con el mismo impulso del alarido, te sentás en la cama de un salto.
Una vez compuesto, te dirigís a tus papeles, que dejaste en la sala agradecido de empezar finalmente a trabajar y sacudirte la desagradable sensación de una pesadilla que casi no recordás.

Las máscaras de la angustia

“Y me he preguntado: si Dios existe ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo Dios?” E. Galeano, 'Las caras y las máscaras'

Quizás; quizás Dios no cree en sí mismo como vos y yo lo concebimos: Una descomunal máquina invisible y omnipresente, que funciona a piacere si tan solo se introduce una moneda vieja y difusa de fe, de velas, de ritos, obligaciones, o simplemente monedas. Funciona bien con dólares y mejor aún con euros. Esto representa un claro beneficio para todos nosotros y demuestra la suprema bondad divina, la cual solo interviene en el mundo cuando a nuestro destructivo sentido de la oportunidad, tan desarrollado en nuestro tiempo, resulta esencial.
Sí, esto es lo que de Dios concebimos tantos, y sin embargo, Dios se niega a creer en Él. ¿Por qué permite ciertas cosas…? Cosas oscuras, de las que cuesta hablar sin que se ponga la piel de gallina, o sin dejar escapar casi involuntarias lágrimas de dolor. Cosas que no comprendemos. ¿No quiere Dios ser un parche para el inmenso y sufrido globo de nuestro entendimiento? ¿Ser nuestra excusa, nuestra máscara?
Ni parche, ni infalible máquina de los deseos, ¿creerá acaso Dios que es una persona? ¿Creerá acaso que las cosas que hacemos los hombres tienen algún valor, que un solitario llanto merece ser aliviado por el ungüento de la compasión, y que toda risa de niño no es apagada por ningún estruendo de armas?
Se me hace que Dios se ha vuelto ateo porque lo banalizamos. Que únicamente demuestra su suprema inteligencia negándose a creer en un dios que es tan poco, tan inferior a sí mismo. Y que prefiere disfrutar al ver florecer la vida sobre la tierra. Que aún llora como nosotros por el embate de la muerte y por ver que no entendemos. Quizás la diferencia es que no se asusta como nosotros. Porque ve que su plan marcha y que a la muerte le llega su hora.

Monjecito de escalada

La discusión giraba esa noche en torno al personaje de un viejo tango. Estaban los que decían que solo era puro verso. Pero yo me inclino a dar la razón a Lito, que las sabía todas. Además, nunca había intentado engrupirnos, que yo recuerde.

-Yo lo conocí bien- dijo. - Si él fue quien me puso Lito, porque decía que para Felipito era más adecuado enrocar la L y la P. -

- Siempre te caracterizó la humildá- dijo Carlitos y nos hizo soltar la caracajada-

-No, es verdad. Y ahora que los veo así... lo más característico del pelado, para el que mucho no lo junaba, claro, era su risa. Cuando se reía se sacudía como si lo empujaran con violencia, y los hombros subían y bajaban mientras los brazos se expandían en un gesto de estallido- Lito actuaba para nosotros cada una de sus palabras. -Se encorvaba un poco - continuó-, como arrastrado por la gracia, como si le pesara mucho y entrecerraba los ojos mientras se le llenaba la boca de risa, todo a un tiempo. Una cosa increíble viejo, un espectáculo-.

- Si no me cuesta creerle que se volvían pesados con sus gracias- dijo Anita desde el mostrador.

- Cierto, pero el peso de los chistes, es como el peso de la evidencia Anita. -dijo Atilio, que en otros tiempos supo ser abogado.

- A ver, presente su testimonio- le contestó alguien.

- Un chiste es alguna tontería, a veces filosa como un cuchillo, a veces cotidiana, como unas huellas. Pero todas estas cosas se vuelven evidencias cuando convencen a uno de la absoluta necesidad de una historia. Un chiste siempre nos convence más que diez discursos- decretó- y no hace falta que les recuerde lo que todo el mundo sabe, que en todo chiste se esconde algo de verdad.

-A mi no me convence tanto su teoría, y bien dice que los chistes esconden la verdá: que el mundo es una desgracia.- Así opinó en su rincón don Manuel, uno de los clientes más viejos del bar.

Nos quedamos en silencio un rato pensando. Después volvimos a nuestra conversación original.

-Eso es precisamente lo que me hace ruido.- dijo uno. - Entiendo su risa, pero ¿Cómo se explica eso de su tristeza? - y entonó:

-"Tu cabeza baja, Tu paso lento

monjecito en el viento de tarde invernal

oyes cantar el recuerdo

de una infancia que guarda

como un convento gris, tu soledad-

-Cierto -dije-, es cómo si hubieran mezclado dos tangos: uno bien melancólico con una oda alegre:

Risa desmedida, loco'e contento

borras todo tormento con solo llegar

despues quedas en silencio

y en tus hombros descansa

el noble manto gris, de la amistad

Lito nos miró a todos y sonrió. -Los entiendo muchachos. Yo siempre me pregunte porque el manto debía ser gris. Pienso que su presencia alegre, sus silencios pensativos y sus estallidos de risa, estaban tejidos por igual, con el gris de los pensamientos profundos, de las tristezas lejanas.

Con estas palabras de mi amigo caí yo en la cuenta. Estuve allí un rato más; después pagué y me fui meditando. Una imagen clara me vino a la mente: de la misma manera que nos desesperamos a veces por no encontrar los lentes que tenemos puestos, sucede que las heridas y la soledad exigen de nosotros tomar conciencia de lo que llevamos puesto. La lealtad, la amistad, el amor, son livianos como una capa, y es fácil no darse cuenta que los llevamos. Me propuse entonces empezar a tejer -igual que el personaje del tango- con mis propias heridas un manto que me abrigase cuando me sintiera oscuro, hasta que la luz y la risa estallen de nuevo con el amanecer.